PERDIDO Y ENCONTRADO
Por Joanne Green
Nueve meses es una larga espera. Es especialmente larga cuando lo que estás esperando es lo que tu corazón más ha deseado. Pero la naturaleza dicta que tenemos que esperar. Y así pasamos los largos meses de espera soñando y preparándonos para el niño que está por nacer.
Mientras tanto tenemos la esperanzada seguridad de que todo va a salir bien. Visitamos a nuestro ginecólogo y él escucha y toca y mide y sonrie. Nos dice que todo está “progresando bien”. Observamos las fotografías borrosas de un niño vivo en el monitor del ultrasonido y esperamos conocer si es “él” o “ella”. Pero el terroncito animado que se retuerce en la pantalla nos asegura que es un hecho que todo está bien.
Observamos nuestros vientres crecer y sentimos las pataditas de vida dentro. Frotamos el bultito donde se supone debe de estar la cabecita y nos decimos que todo está bien. Y aún y cuando nos sorprenden dudas ocasionales, sabemos que todo está como debería de estar. Todas las futuras madres se preocupan, ¿verdad?
Mientras esperamos nos preparamos. Preparamos un moisés con colores pastel y tonos pálidos. Nos imaginamos la cabecita de nuestro dulce bebé descansando suavemente en la almohada. Armamos su guardaropa, tocando cada pequeña pieza, oliendo cada nueva esencia. Nuestro bebé será tan lindo, tan amado. Nos paramos en su recámara vacía que lo espera, mientras que nuestros brazos acarician el terroncito de nuestra propia piel que alberga a nuestro bebé, y esperamos.
La fantasía juega un gran rol en la preparación. No podemos prepararnos para cualquier evento, a menos que podamos imaginar ese evento sucediendo. Imaginar a nuestro bebé era fácil. Le hablamos acerca de nuestro bebé a cualquier persona importante en nuestras vidas, incluso a aquellas que no lo sean tanto. Probamos docenas de nombres hasta que encontramos el que satisface perfectamente al bebé que hemos imaginado que tendremos. Nos sentamos en nuestra mecedora y nos imaginamos sosteniendo un pedacito de tesoro puro y cantando dulces canciones de cuna para acelerar un sueño pacífico. Nos unimos con nuestros bebés en fantasías mucho antes de que nuestros bebés puedan aceptar esa comunión.
Nos imaginamos a nuestros bebés en nuestros brazos. Nos los imaginamos un día grandes y sanos, y al otro día pequeños y vulnerables. Nos imaginamos cabezas llenas de cabello, y nos imaginamos cabezas de suavidad. Vimos a un niño, y después vimos a una niña. Pero nunca vimos a un niño con una hendidura.
Es decir, no hasta la mañana en que nació.
De repente el cuadro de ése bebé imaginado se rompió. Se esfumó. La carita rosada que habíamos visto tan amorosamente en nuestra fantasía fué estropeada por una abertura en donde deberían de estar los perfectos labios de botón de rosa. El parto no sucedió como lo habíamos imaginado. Había susurros en la sala de parto. Nos pasaron al bebé rápidamente. Algo se dijo acerca de un defecto congénito. Pero esta no fué la manera en que fué planeado. Nuestros esposos y nosotros íbamos a compartir esta experiencia. Iba a ser tan hermosa. Pero es confusa. ¿Y qué fué lo que dijeron acerca de un defecto congénito? Cuando vimos a nuestro bebé por primera vez no estábamos preparados. No habíamos visto una hendidura antes. ¿Qué son estos sentimientos? Son tan mezclados. Nos preguntamos, “¿Es esto a lo que se refieren cuando dicen ´una cara que solamente una madre podría amar´?”. Y tenemos que admitir que hubo momentos justo al inicio que nos preguntamos si incluso una madre podría amar esa cara.
Nuestra cultura nos dice que debe haber un instante, ese enlace mágico que se forma entre madre e hijo. ¿Por qué no estuvo ahí? ¿Qué significa todo esto? ¿Podremos incluso amamantar a nuestro hijo? ¿Sobrevivirá? Si sobrevive, ¿cómo podrá ser reparado eso? ¿Por qué, por qué nos sucedió esto? ¿Hubo sentimientos que no pudo admitirle, ni siquiera a su propia madre? ¿Se sintió engañada? ¿Avergonzada? ¿Enojada? ¿Incapaz de amar incluso a su propio hijo? No sentimos todo esto, pero no seríamos normales si no sentimos alguno de ellos.
Lo que sentimos fue pena. Perdimos a nuestro hijo imaginado. En su lugar estuvo un niño que nunca imaginamos. No es lo mismo que perder el niño que previmos cuando resulta que “él” es “ella”. Repentinamente el rosado se vuelve el color más hermoso del mundo. Pero perdimos al niño “normal” que asumimos que tendríamos. Y en su lugar tenemos a un niño que no entendemos por completo.
¿Cómo puedes enfrentar la pena de la pérdida de algo que nunca tuviste, o de alguien quien nunca existió realmente? Simplemente, lo tenías en tu corazón. Existió para tí. Ese bebé normal y sano, fue real para tí como todas las demás personas en tu vida. Ahora no nada más debes enfrentar la pena de la pérdida de ese bebé, ahora debes de alguna manera enfrentar el que nunca fue real. Es más que una pérdida. Casi es una pérdida retroactiva. No solamente lo perdiste - en primer lugar nunca lo tuviste. Ha quedado un vacío que sólo puede ser descrito como un hueco. Y el niño en tus brazos tal vez no pueda llenar ese hueco de inmediato.
La pena toma muchas formas. Tal vez quiera en un comienzo negarlo todo. La negación es chistosa. Es como una realidad anestesiada. Con la ayuda de la negación usted puede mirar en ángulo recto algo que le es difícil y no ser herido por ello. Puede despertar y pensar que lo ha soñado todo. O se pueda decir a sí misma (hechos por el contrario pero que nunca disuaden la negación) que de alguna manera todo se “irá” por sí mismo. Usted puede negar lo que haga cualquier diferencia. Se puede aferrar a su hijo y enfrentar el mundo, retando a cualquiera que incluso sugiera que siente cualquier cosa excepto amor hacia el niño con la deformidad (y todavía, en un receso de su corazón se pregunta si lo encontrará).
La negación lleva al coraje. Se puede sentir enojada con el doctor por haber hecho algo mal, o por no haberle advertido de cada inevitabilidad posible. O puede estar enojada con el doctor por la forma en que manejó el parto. Puede estar enojada con su esposo, después de todo, debe de haber venido de su lado! ¿Por qué no le dijo que tenía genes defectuosos? O tal vez pueda simplemente sentir que su esposo no se siente como usted piensa que debería de sentirse - no apesadumbrado lo suficiente, no querido lo suficiente, no sensible lo suficiente a lo que usted está sintiendo. Puede estar enojada con el bebé.
Después de todo, sólo hay una cosa que le pidió a su hijo - que naciera sano. Y no lo hizo. Tan ridículo como pueda parecer su enojo, está ahi. Incluso está enojada consigo misma.
El coraje se convierte dentro en culpa. La pena hace que usted se sienta culpable. Se pregunta qué hizo durante su embarazo que pudo haber causado esto. Su mente vaga a cada pequeña indiscreción. Un amigo fumando frente a usted. Tomó café en los primeros días del embarazo. Tomó medicinas para su malestar matutino. Lo quiera o no el autoculparse no tiene fundamento (y generalmente lo es), siente que de alguna manera eso que hizo fue la diferencia, y usted es la culpable. Se puede culpar por haber tenido malos pensamientos, o por haber visto una película de terror durante el embarazo, como si alguien “marcó” a su bebé. O tal vez recuerde algún pecado en particular de su pasado que ha venido a atemorizarlo, y la deformidad de su hijo es de alguna manera un castigo de Dios por aquello tan grave que hizo. O puede buscar en su infancia pensando en cualquier cosa que pueda haber hecho que pudo haber dañado sus cromosomas. A cualquier costo, usted trata de tomar la culpa. Después de todo, a usted le fue confiada la tarea de llevar a este hijo. Y de alguna manera lo hizo todo mal.
La culpa lleva a la vergüenza. Encuentra difícil el hablar con otros acerca de la condición de su hijo sin ponerse a la defensiva. Siente que todo el mundo en su vida se encuentra decepcionado de usted por tener a un niño menos normal y se pregunta cómo hará para recompensárselos.
Negación, coraje, culpa, vergüenza. Estos no son los sentimientos de la maternidad, ¿o si? Realmente, si, si lo son. Son los sentimientos de pena, y de vez en cuando la madre experimenta una forma de pena. Pero para usted vino temprano, mientras usted se encuentra definiendo su rol como madre. Puede ayudar el darse cuenta de que usted siente pena porque ama. Si significó poco para usted, nunca hubiera sentido pena por perderlo.
Pero la pena finalmente lleva a la resolución. Algún día sosteniendo a su hijo y mirando su carita durmiente, se da cuenta de que es la carita que ama. En ese momento usted está preparada para dejar a un lado eso que perdió y acogerá completamente eso que ahora ha encontrado - el niño en sus brazos.
Aprende que ha madurado para amar a su bebé tal cual es, no como había deseado que fuera. Y sabe que su amor por él es tan fuerte como podría ser cualquier amor compartido entre madre e hijo. No lo ama a pesar de la deformidad, o dejando a un lado la deformidad. Lo ama por lo que es. Enfrentará la deformidad.
Encontrará fortaleza que nace del amor que comparte con su hijo que le ayuda a enfrentar todo lo que sea necesario para asegurarle un futuro normal. Se da cuenta que es capaz de ver a su hijo a la cara y ver a un niño, no una hendidura. Su hijo deja de ser definido por su deformidad. Ha alcanzado resolución.
Está bien sentir pena. De hecho, es necesario sentir esa pena. La pérdida es real, aún y cuando lo que se perdió fue solamente imaginado. Es solamente a través de esa pena que eventualmente lo dejará ir. Es solamente dejando ir lo que perdimos que podremos abrazar lo que encontramos.
La pena puede durar sólo minutos u horas, o puede tomar meses. Si encuentra difícil pasar a través de las diferentes etapas de pena, vea a un consejero. Solamente está experimentando un problema temporal y puede necesitar ayuda para sobreponerse. En la mayoría de los casos, algunas etapas de pena regresarán de vez en cuando - aún años después. Mientras que esa pena no interfiera con su relación con su hijo y su habilidad para ser un padre efectivo es normal. Si es afectada, existe ayuda disponible. Hable con su equipo craneofacial o profesionales médicos. Usted así como su hijo son su preocupación.
En el día en que nació su hijo, algo se perdió, y algo fue encontrado. Concéntrese en eso que tiene. Y felicidades. Tiene un hermoso bebé!
|